La subcontratación “eterna”

Mayo 2002 / Por Gabriel Motta

N.R. es gerente de una importante empresa de provisión de equipos de telecomunicaciones. Tiene que instalar varios equipos para una gran operadora argentina; y como no dispone de personal de instalación, pide a la gerencia de Compras que le consiga dichos recursos.

Recibe dos propuestas: la empresa A, una reconocida empresa multinacional, con muchos y buenos antecedentes; y la empresa B, una modesta empresa nacional, bien dispuesta aunque desconocida. NR contrata a la empresa A, a pesar de que su precio es mayor, ya que prefiere pagar más pero contar con gente experimentada. Cuál no sería su sorpresa al visitar las obras: la instalación la está realizando la empresa B… que ha sido subcontratada por la empresa A.

Esta historia parece cómica, pero es real; ya que en la búsqueda del menor costo se produce esta cadena que podríamos llamar “la subcontratación eterna” y que tuvo su punto máximo en la Argentina durante la fiebre de privatizaciones producidas a fines del siglo pasado. ¿Las consecuencias? Problemas de control, sobrecostos, baja de la calidad de los trabajos y lo más importante: falta de responsabilidad, o complicaciones para definir esta última –para ejemplo basta citar el mega corte de Edesur-.

¿Pero entonces la subcontratación es mala? No, por supuesto; pero tiene sus límites.

Analicemos un poco cuál es el origen de esta modalidad de trabajo: la necesidad de contar con servicios no específicos, aquellos que no forman parte de la actividad propia de la empresa. A nadie se le ocurriría formar una gerencia de pintores para pintar las oficinas. Para estos casos, la subcontratación resulta válida y hasta elemental: así, por ejemplo se contrata a un laboratorio para calibrar equipos de medición utilizados en un proyecto, o se contrata a una empresa de catering para alimentar al personal de un obrador remoto. Terminado el proyecto, se cancela el contrato sin más.

El problema aparece cuando se traslada este concepto a los servicios que antes se consideraban específicos. Es cierto que los volúmenes de trabajo son muy cambiantes, y que resulta muy costoso mantener personal ocioso. Aún así puede surgir un gran contrato donde los recursos propios no alcancen. Surge entonces la subcontratación de servicios de instalación, cuyos principales clientes son la industria de la construcción, de servicios públicos (gas, agua, electricidad…), y las telcos. Los beneficios son indiscutibles: concentración en la actividad principal, transformación de costos fijos en variables, posibilidad de cambio de contratista en cualquier momento, ampliación de la fuerza de trabajo casi inmediatamente… pero también hay problemas: desconocimiento de estándares, contratistas que subcontratan personal mal calificado, mala interacción entre contratistas, disminución de la calidad, atrasos en los proyectos, necesidad de correcciones, facturación duplicada o “inflada”… la lista es larga. Y no debemos olvidar que por más subcontrataciones que se hagan, el responsable sigue siendo el contratista principal. Ante el cliente final aparece sólo una cara, la de nuestra empresa.

El control de contratistas, entonces, debe ser realizado por personal experto, que conozca las necesidades de la empresa contratante y las comunique claramente a sus contratadas, verificando su cumplimiento. Más aún: debe ser capaz de atender las necesidades de la empresa contratada, asesorándola, explicándole las normativas de la contratante, de sus clientes u otros, en otras palabras debe acompañar al contratista en su diaria labor, de forma que el trabajo salga bien. ¿Acaso no es esto último lo importante?

En conclusión, me declaro en contra de eso que empecé llamando “la subcontratación eterna“. No debemos permitir esa cadena de subcontrataciones pensando “bueno, yo contrato a A, y si ella me cumple, todo bien…”. Existen buenas empresas de servicios de instalaciones, que invierten tiempo y recursos en su personal: a ésas hay que preferir aunque sean modestas y con poca experiencia. Es obvio que en caso de incumplimientos cabe la posibilidad de emplazar a aquél que realizó el trabajo, pero sólo si podemos identificarlo cabalmente. La subcontratación eterna es la culpable de que la responsabilidad y el control se diluyan en una maraña legal y administrativa, cuyos costos –sobre todo los de imagen de la empresa principal- no figuran en ningún manual de outsourcing.

 

Ing Gabriel Motta

motta_g@yahoo.com 

Ingeniero en Electrónica- Posgraduado en Riesgos del Trabajo UTN