La casa saludable

22 mayo 2005 / El Mundo (España) / Por Ernesto Gómez

Factores sensoriales (ruidos, olores, mobiliario, color…) y extrasensoriales (calidad del aire, agentes químicos, ácaros…) son determinantes: una casa enferma puede ser foco de múltiples dolencias para sus habitantes. Cúrese en salud y pase consulta a su vivienda. 

Según un estudio de la EPA (Agencia de Protección Ambiental Americana), los habitantes de los países desarrollados pasan el 80% de su tiempo encerrados en espacios interiores. Y en este reparto estadístico, la porción más importante corresponde a la vivienda, donde transcurre la mitad de nuestras vidas. En casa nos sentimos protegidos y al margen de las inclemencias del exterior, ¿pero realmente estamos sanos y salvos? No. Según los expertos en calidad ambiental interior, detrás de muchas consultas al médico se encuentran factores de índole doméstico. El mal uso del aire acondicionado, los ácaros, la escasa iluminación natural o la contaminación acústica son sólo algunos ejemplos del amplio listado de factores nocivos que pueden convivir bajo nuestro techo. Las afecciones que provocan abarcan un amplio abanico: desde problemas respiratorios hasta dermatitis, pasando por depresiones e insomnio.

El impacto de la vivienda en nuestro bienestar físico y mental no es un tema menor y cada vez hay más investigadores y organismos que estudian su incidencia y buscan soluciones. El arquitecto Iñigo Ortiz, experto en bioconstrucción, señala que la salud de una casa se mide por el grado de confort que aporta desde el punto de vista sensorial y extrasensorial: «A través de los sentidos podemos evaluar aspectos como la temperatura, la humedad, los ruidos, los malos olores o la ergonomía del mobiliario. Pero hay otros capítulos como la calidad del aire o la influencia de los campos electromagnéticos que se escapan a la valoración sensitiva y que son de suma importancia. La suma del confort sensorial y el extrasensorial nos dará la medida de la salud de una vivienda».

Empecemos por lo más evidente: la luz. Una iluminación artificial inadecuada puede provocar cefaleas, problemas de concentración y hasta trastornos depresivos. Por eso, Ortiz sostiene que «una casa sana debería funcionar durante las horas diurnas con luz natural, incluso en el baño y la cocina». Las mamparas transparentes o translúcidas son una buena receta para llevar claridad a los espacios interiores, aunque cuando es imposible encontrar soluciones lumínicas naturales, se puede optar por la última tecnología: las lámparas de espectro total producen una iluminación blanca y sin parpadeos que imita las características de la luz solar.

En el capítulo de confort visual, el color también importa. Mariano Bueno, experto en geobiología y autor de El gran libro de la casa sana, resalta el papel que juega la cromoterapia en el hogar: «Los colores influyen en la temperatura corporal y en nuestro estado anímico. A cada persona le afecta el color de diferente forma, pero hay ciertas generalidades. El amarillo es adecuado para los espacios de trabajo, porque genera mayor actividad cerebral; mientras que en las áreas de descanso son efectivos los malva, índigos y tonos asalmonados, muy relajantes». ¿Los colores tabú?: «Negros y grises, que roban energía y se pueden traducir en tendencias depresivas. También hay que tener cuidado con rojos y naranjas, muy excitantes y proclives a generar comportamientos compulsivos».

Larga vida al verde. La información que llega a través de la vista, tanto de puertas adentro como desde afuera, interactúa con la salud. En este sentido, no hay nada como tener un espacio verde frente al ventanal. «Un estudio en Japón demostró que las personas que viven en casas con vistas a un parque o a un espacio agradable aumentan sus expectativas de vida en seis años», afirma Bueno. Una vivienda, en términos orteguianos, también es su entorno. Y si éste es ruidoso, a la larga se convierte en un lastre que no hay aspirina que lo remedie. 

«La contaminación acústica genera insomnio y una cascada de males encadenados: somnolencia matutina, cansancio, mal humor, dolor de cabeza, estrés…», enumera Mariano Bueno. España ocupa, por detrás de Japón, el segundo lugar en el ranking mundial del ruido, y a la gran batalla contra la contaminación acústica aún le queda mucho por delante: hacen falta medidas legales y una mayor conciencia ciudadana. Así que, de momento, si a uno le ha tocado una casa ruidosa, no le queda otro remedio que un buen aislante.

Éstas son las recomendaciones del arquitecto Íñigo Ortiz: «Descartado el amianto, por sus efectos cancerígenos, las opciones más interesantes pasan por la lana de roca y la fibra de vidrio para aislar tabiques, y la doble ventana en el caso de las agresiones acústicas del exterior. La moqueta, que puede funcionar como aislante de los ruidos procedentes de pisos inferiores, es, sin embargo, un mal remedio por la cantidad de ácaros que acumula en sus fibras».

Enemigos invisibles. Ácaros, polvo en suspensión, polución urbana… Están ahí aunque resulten difíciles de reconocer. Causan alergias, problemas respiratorios y dolores de cabeza. Mantenerlos a raya no es demasiado complicado. «Una buena ventilación es la mejor medicina para el hogar, aunque, eso sí, no basta con abrir un par de minutos las ventanas, hay que buscar corrientes cruzadas para que la renovación del aire sea completa», indica Ortiz. 

En cualquier caso, la ventilación por sí sola no es suficiente para asegurarnos una atmósfera interior limpia, sobre todo cuando entran en juego los sistemas de climatización. La calefacción y el aire acondicionado modifican la calidad del aire que respiramos. De hecho, la mayoría de los problemas de salud derivados del hogar proceden de estos sistemas. Pablo Echevarne, presidente de la Asociación Centro de Empresas de Calidad Ambiental (ACECAI), explica cómo nos afectan: «Los calefactores resecan el ambiente y provocan irritaciones de piel, garganta y problemas respiratorios; los aparatos de aire frío pueden producir letargias, irritación ocular y obstrucción nasal». La acción de un humidificador, en el caso de las calefacciones, y la limpieza regular de filtros, para los aparatos de aire acondicionado, nos ahorrarán más de una visita al médico.

Amenaza química. Los productos de limpieza también forman parte del batallón de enemigos extrasensoriales. El olor a limpio, que por cierto es un invento de la industria de la droguería, puede ser un caballo de Troya con una amenaza química en el interior. Los vapores tóxicos que emanan estos productos se traducen en irritaciones en los ojos, dermatitis y dolores de cabeza. Además de ventilar a conciencia tras una sesión de limpieza, Pablo Echevarne recomienda que «los envases estén siempre bien tapados, que tengan la homologación CE y que se almacenen en espacios exteriores». Además, si son biodegradables, mejor. Colas, barnices y pinturas de origen sintético son elementos que, de manera silenciosa e inodora, se desprenden de una carga venenosa que va a parar a nuestros pulmones. El formaldehído, habitual en estos productos, produce alergias y puede afectar al sistema inmunitario. La solución pasa por utilizar pinturas acuosas y pegamentos ecológicos que no contengan estos agentes químicos.

El cableado y los cajetines eléctricos son otras fuentes de contaminación invisible dentro del hogar. Cuando la instalación es defectuosa puede liberar electrones hacia elementos metálicos del mobiliario —como somieres, sofás y sillas—, y de ahí saltarán al cuerpo humano. «La exposición prolongada a este tipo de contaminación —señala Mariano Bueno— afecta al sistema nervioso y produce cansancio crónico, cefaleas, insomnio, tensión muscular, alergias y crisis asmáticas». Desenchufar todos los aparatos cuando no se utilicen (excepto el frigorífico) y alejar la cama de las fuentes de emisión eléctrica servirá de remedio hasta que se cambie la instalación defectuosa.